El caballo que sabía matemáticas y el doble ciego

Recuerdo que en la Facultad de Medicina se preguntaba con cierto gracejo: “¿Qué es un doble ciego?”. Se respondía: “dos traumatólogos leyendo un electrocardiograma”. Aunque reconozco que el chascarrillo tiene cierta gracia, estoy completamente convencido de que el hecho de la dificultad de interpretación de un ECG, está más en las enrevesadas e intrincadas ondas que ya definiera el fisiólogo holandés Willem Eindhoven (Premio Nobel de Medicina en 1924 por este descubrimiento) que por una supuesta, y más que improbable, incapacidad de comprensión de los traumatólogos.

Hoy en día ya es de común conocimiento, que un ensayo clínico controlado (ECC) ciego está basado en el desconocimiento de la intervención que se va a realizar a los grupos en estudio, ya sea por parte de uno, de varios o de todos quienes participan: pacientes, investigadores y analizadores de los resultados. En función de sobre quien se realiza el enmascaramiento podremos hablar de ciego simple, cuando unos de los participantes desconocen la intervención (generalmente los pacientes). Doble ciego cuando pacientes e investigadores desconocen la información y triple ciego cuando el cegamiento alcanza a los analizadores de los resultados.

El enmascaramiento tiene como objetivo primigenio el control y la evitación de sesgos tales como, de observación, de detección, de información, de medición, de evaluador y efecto placebo.

Todo ello con el fin de que la investigación clínica (del latín “investigare”, huella y “clinicus”, el que yace enfermo) se genere en condiciones ideales, objetivas, libre de toda perturbación o desviación externa, ajena al estudio.

Lo que resulta curioso es que este método científico deviene de las conclusiones de un estudio sobre un caballo que sabía matemáticas.

Así es, a finales del siglo XIX el alemán Wilhelm Von Osten, profesor de matemáticas, convencido seguramente de la capacidad de convencimiento de la lengua alemana ( ya lo adelantó Carlos V de Alemania: “Yo hablo español cuando hablo con Dios; italiano, con las mujeres; y alemán cuando me dirijo a mi caballo”), trató de enseñar matemáticas a un caballo llamado Clever Hans.

El matemático alemán comenzó enseñándole los símbolos que representan los números del uno al diez escribiéndolos en una pizarra, y el caballo los reproducía golpeando el suelo con sus cascos. Con el tiempo, Hans era capaz de resolver problemas básicos de matemáticas: multiplicaciones, divisiones y raíces cuadradas.

Tan sorprendentes eran las capacidades de Hans que en 1891 Von Osten decidió recorrer toda Alemania mostrándolas en espectáculos públicos. Y ya, no solo hace operaciones matemáticas, sino que extiende sus habilidades al cálculo de la hora o del calendario.

Un caballo que sabe matemáticas no podía pasar desapercibido para la sociedad germana del Kaiser Guillermo II y puso en alerta a la Junta de Educación Alemana. Con la seriedad que caracteriza a los teutónicos, se formó un equipo para investigar al “equino sapiens”. Se le dio el original nombre de Comisión Hans (formado por trece personas, un psicólogo, un veterinario, un par de profesores, un director de circo, dos zoólogos, un entrenador de caballos y el director del Zoológico de Berlín).

En septiembre de 1904 (el mismo año en que el Kaiser graba el primer documento político sonoro en un cilindro Edison y se funda la FIFA) la aplicada Comisión llega a la sorprendente conclusión de que el caballo está dotado para el estudio, que no hay fraude y que, efectivamente, sabe matemáticas.

No obstante, un joven becario, Oskar Pfungst, psicólogo, no contento con el informe de la comisión (afortunadamente siempre han existido disidentes) se muestra escéptico y solicita de Von Osten más tiempo para estudiar el comportamiento del cuadrúpedo. El matemático alemán, crecido por el respaldo de la Comisión, le da permiso para perseverar en sus indagaciones.

El joven becario empieza a hacer cambios en las preguntas que hace al erudito Hans. Primero le realiza preguntas de las que Von Osten desconoce las respuestas. Primera sorpresa, pasa de un 96% de aciertos a un escuálido 40%. Insiste en realizar nuevas modificaciones y le pide al profesor que no esté presente cuando le haga las preguntas. Los resultados son tremendos, Hans, el Musa al-Jwarizm hecho équido, no llegaba al 10% de aciertos. ¿Qué pasaba, fraude o elementos externos que alteraban el resultado final?

La conclusión para Pfungst es diáfana: Hans solo da la respuesta correcta cuando el interrogador la conoce y el caballo ve a su adiestrador. Y todo ello porque el caballo observaba las sutiles e inconscientes señales corporales de Von Osten (cambios en la postura, cuerpo ligeramente inclinado e incluso variaciones en la frecuencia respiratoria). Con cada uno de los golpes que Hans daba en el suelo, la tensión de Von Osten parecía ir en aumento y cuando llegaba a la respuesta correcta desaparecía por completo, algo que no ocurría cuando Von Osten desconocía la respuesta.

Quedó demostrado que no se trataba de un fraude, sólo que un elemento externo al estudio (el comportamiento del investigador) hacía desviar completamente las conclusiones de la investigación.

A raíz de todo ello, el psicólogo Carl Stumpf (Componente de la Comisión Hans) formuló la hipótesis “Efecto Clever Hans”, por el que el que el comportamiento del investigador puede influir de forma decisiva sobre el individuo al que estudia.

Y así es como se llegó desde un caballo que aparentaba saber matemáticas, al avanzado método de investigación clínica del doble ciego.

Ignacio Velázquez Rivera
Vicepresidente de la Asociación Andaluza del Dolor
Médico experto en dolor