...y parirás con dolor

El dolor es el más penoso y constante síntoma que ha acompañado a la enfermedad. Es un síntoma tan viejo como la propia humanidad y ha formado parte inseparable de la misma. La historia del hombre es de algún modo, la historia del dolor.

Es, por tanto, una vivencia consustancial a la propia existencia del ser humano, independiente de cualquier otro atributo o condición de la persona: edad, sexo, situación social o económica; incluso del momento histórico. Habrá cambiado la forma de abordarlo, de entenderlo, pero no su presencia junto al hombre, invariable, a lo largo de la historia de la humanidad.

Hablamos, por tanto, de un “viejo conocido”. Un compañero de viaje de la raza humana a lo largo de la historia. Decía Séneca; “El que afirme que no lo ha padecido aún, solo tiene que tener un poco de paciencia”.

Si hay algo que nos une, que nos iguala a todos los hombres, es la experiencia de dolor. Es por todo ello un fenómeno universal. Conocido por todos, vivido por todos en su multitud de variantes y matices. Podríamos decir que es el síntoma más democrático. Como afirmaba el sacerdote y filósofo George Herbert “La corona del Rey no alivia su dolor de cabeza”.

De conocimiento general es la creencia de que las primeras referencias históricas sobre el dolor nos la encontramos en Mesopotamia y en Egipto, el papiro de Ebers. Pero más justo sería reconocer que es en el Génesis 3:16, donde se recoge el inicio del dolor en la humanidad: “En gran manera multiplicaré tu dolor en el parto, con dolor darás a luz los hijos”.

Es con esta maldición bíblica con la que se estigmatiza a los humanos y, especialmente, a las mujeres, a las que durante siglos, miles de años, se les condenó a experimentar tremendos dolores por cumplir la fundamental misión de mantener el crecimiento de la humanidad.

Durante siglos era impensable buscar un remedio para aliviar el dolor de parto, sería ir contra un mandato divino. De hecho, esta referencia bíblica, miles de años después iba a llevar a un joven ginecólogo escocés, James Young Simpson, ante un tribunal en el Colegio de Médicos de Londres por haber tenido la osadía de, en la tarde del 4 de noviembre de 1847, haber administrado cloroformo a una parturienta para facilitar una maniobra obstétrica con el fin de que no tuviera dolor en el parto. La experiencia fue tan satisfactoria que la nueva madre tuvo el evidente mal gusto de ponerle el nombre de Anestesia a la recién nacida.

Todo esto ocurría en la rígida, mojigata y anglicana sociedad victoriana del S XIX. Una osada práctica de este tipo no podía pasar desapercibida para los fieles guardianes de la ortodoxia de la praxis médica. Por una perversa combinación de envidia profesional y fanatismo religioso, se le acusó de prácticas heréticas y llevado a un juicio de honor denunciado por sus propios colegas.

Mucho tuvo que pensar y urdir Simpson para preparar la argumentación jurídico/religiosa/médica con la que defenderse de las taimadas acusaciones de sus recelosos compañeros. Pero la defensa del joven ginecólogo no pudo ser más audaz e inteligente.

Acudió al mismo Génesis para recordar que en el 2.21 de este libro, el Sumo Hacedor duerme a Adán para sustraerle la costilla de la que saldría la misma Eva. Es decir, el mismo Dios utiliza la anestesia para que el hombre no sufra dolor. El dolor, por tanto, no puede ser un mandato divino. Es más, es posible que en este relato estemos ante el primer anestesiólogo de la historia.

Este sólido argumento fue suficiente para salir absuelto del acoso de sus enojados colegas, pero no para acabar con la disputa entre partidarios de la analgesia en el parto y de sus detractores.

Toda esta controversia finalizó cuando años después, un médico llamado Snow suministró éter a la Reina Victoria para que diera a luz a su hijo Leopoldo. Desde entonces a este tipo de parto se llamó Parto a la Reina, extendiéndose y popularizándose esta técnica.

Hoy en día, ya pocos dudan de la bondad de la analgesia en el parto, generalizándose en la sanidad pública mediante la técnica de la epidural, por cierto, técnica descrita por un médico español, Fidel Pagés Miravé, por primera vez en la literatura médica mundial en 1921.

Ignacio Velázquez Rivera
Vicepresidente de la Asociación Andaluza del Dolor
Médico experto en dolor